Eso que se mueve

Publicado en la revista El búho.

Por un momento pensé que no fueron los rayos del sol los que me despertaron, sino esa maldita sensación de ser observado. Mi boca estaba seca y el sabor salado del agua me causaba náuseas. No pude ubicarme hasta que las punzadas de dolor y la sangre que salía de mi brazo me despertaron por completo. Me vi atado a un tronco. Era clara mi situación. Había sido víctima de la catástrofe. La noche anterior, el barco había naufragado.

Sucedió sin que nos diéramos cuenta. Tan sólo pasó. En medio de una tormenta que nos sacudió durante largas horas, nos vimos perdidos en el mar, pese a las indicaciones del contramaestre de no zarpar esa tarde. La culpa fue del capitán. Era un obsesivo cazador. No podía esperar.

Antes del anochecer, el viento nos había guiado por buen camino. Habíamos cazado un atún y proseguíamos la búsqueda por el tiburón blanco. Blanco. Siempre tenía que ser blanco, como sacado de una novela. Justo cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, nos cubrió una legión de nubes oscuras y fue entonces cuando los rayos comenzaron a rugir.

Las olas subían y poco a poco, la cubierta se tornó resbaladiza. La alarma sonó sin que supiéramos lo que ocurría allá arriba. El mástil perdía el control y la vela mayor comenzó a desgarrarse entre los truenos y los gritos de los demás. Salimos tan deprisa como pudimos, aunque el mar no nos dejaba escapar con rapidez. Los camarotes se inundaban pero ya no pensábamos en ello. Debíamos enfrentarnos a un mar traicionero y a un capitán enloquecido por encontrarlo. Blanco. ¡Maldita la hora, tenía que ser blanco!

Los esfuerzos de la tripulación fueron en vano. El océano se tragó al contramaestre y a otros compañeros, y el capitán, en su afán por rescatar el barco, se había olvidado de los marineros caídos. Para ese momento éramos pocos los que luchábamos contra el mar, y aunque hubo algunos que consiguieron llegar a los botes salvavidas, no pudieron escapar. Dudo mucho que el capitán haya sobrevivido a su propia soberbia.

Ahora, me maldigo por estar aquí. Ojalá no hubiese despertado. Me encuentro perdido en mar abierto sin nada alrededor. Solo. Completamente solo. Aunque esa sensación de ser observado no se va.

El calor es sofocante. El sol quema mi rostro y el agua del mar es como el azufre. Mi camisa está hecha trizas y uno de mis brazos sangra en abundancia. Pienso que moriré de insolación. La herida no amerita preocupación. ¿No amerita? Y esa sensación de ser observado. Sin nadie a mi alrededor, pero observado. Observado por una aleta blanca que se mueve hacia mí.

Hacia mí.