En memoria de Luis Sepúlveda

16 de abril del 2020

"El viejo la acarició, ignorando el dolor del pie herido,
y lloró avergonzado, sintiéndose indigno, envilecido,
en ningún caso vencedor de esa batalla".
Luis Sepúlveda.
Un viejo que leía novelas de amor.

Perdóneme, maestro, le he fallado. Hoy, no puedo oponer resistencia y sentirme encabronado por este “desencuentro”.

Perdóneme, hice lo que pude, pero el espíritu socialista nomás no me entra en la cabeza que cada año, parece, razona menos y se vuelve necia. Perdóneme por no haber logrado la brevedad en mis textos, como usted, que siempre tenía la palabra exacta, la imagen cortada al tamaño preciso, el sentir sin agobio ni excedentes, el diálogo pulcro y cercano.

Perdóneme por no haberlo leído en su totalidad, pero acá en mi país, donde prefieren adorar santitos y estatuas con cara de letargo, es muy difícil encontrarle. Perdóneme por no haber ido a la Patagonia, por no beber con los isleños, por no haber sido exiliado como usted, cuando la dictadura les colmó el plato y salieron a las calles a luchar, a decir con acciones y palabras, a gritar con las letras, a soportar.

Hoy, el dolor de la rodilla puede esperar, porque hay un dolor más grande, que no tiene lugar pero se siente en todo el cuerpo.

Hoy la noticia de su muerte me ha cimbrado.

Maldito coronavirus, te has llevado a uno de mis mejores, a uno de mis favoritos. Maldito seas.

Hoy, el silencio, que se ha vuelto habitual en el entorno, se siente más pesado; el mundo es más lúgubre, las letras no encuentran su sendero. Se quedan las mafias, los torpes y los necios, los que se dicen poetas y no encantan. Se quedan las mazmorras literarias llenas de lamentos y oscuridad.

Qué harán el gato y la gaviota, el viejo que leía novelas de amor; qué hará el Patagonia Express o la ballena sin voz para hablar de los demonios del mar. Qué haremos, Sepúlveda, sin usted.