Mi pequeño homenaje a René Avilés Fabila
(Texto para los 70 años de RAF)

El día de ayer, el escritor mexicano René Avilés Fabila cumplió setenta años de vida y yo celebro por ello. He tenido la oportunidad de aprender directamente de René, no sólo asuntos relacionados con el acto de escribir, sino reflexiones mismas de la vida. Encuentro en él a uno de los autores más prolíficos de nuestro país, comprometido con la cultura, el arte, la literatura y con ganas de los jóvenes hagamos nuestro ese compromiso, si lo sentimos nuestro.

Su motivación ha sido constante y paciente, detallada. Sus ganas de enseñar y compartir lo que la vida le ha regalado, se ven reflejadas en la honestidad que imprime en sus mensajes, en el tiempo que le dedica a la docencia, ya sea en las aulas o en los comentarios que recibe a diario en su blog, su correo o sus redes sociales. Me llamó la atención ver que en su muro de Facebook dio respuesta a todas las felicitaciones que recibió.

El primer acercamiento que tuve con su obra fue cuando me encontraba en la universidad. Un compañero se acercó con un juego de copias que le habían dejado leer en el taller de redacción. “¿De quién es?, pregunté. “No sé, pero está buenísimo”. Se trataba de un libro y en efecto, el nombre del autor no aparecía por ningún lugar, sólo venía el título escrito con pluma: La canción de Odette. Mi compañero no se equivocó. Me pareció que el libro tenía magia, un final sorprendente y una sensación constante de que no podía dejar de leerlo.

Tiempo después, cuando mi familia se mudó de casa, encontré en la bibliografía de mi madre el libro Los animales prodigiosos y meses después, por cuestiones de trabajo, conocí en persona al autor: René Avilés Fabila. Había olvidado el título del libro que leí en fotocopias y cuando lo releí, tuve un deja-vú. “Esto ya lo había leído”, pensé y haciendo remembranza, me vi en la universidad con el juego de copias. La sorpresa fue doble y grande.

No deseo hablar de la obra, sino de René, como escritor, como ser humano, como maestro y amigo. He encontrado en él a una persona alegre, apasionada, sarcástica y nostálgica por el país que ama y que está en manos de los más corruptos.

Recuerdo que el año en que lo conocí murió mi padre, quien alcanzó a ver un cuento mío publicado en la revista de El Búho. Desde entonces, René y Rosario, su esposa, me han permitido participar de vez en vez y nunca me han negado el apoyo, al contrario; pareciera que a René le entusiasma encontrar personas que aman la literatura, personas ávidas de entregarse, con amor y disciplina, al simple acto de escribir.

Hemos compartido alguna que otra carta, en la que le pregunto algo relacionado con el oficio del escritor y siempre ha estado dispuesto a responder mis inquietudes. En una ocasión le di a leer una novela mía, La comedia de Dante (en ese entonces, inédita), y me dio muy buenos consejos para mejorar algunas cosas; incluso me motivó a publicarla cuando me sintiera listo para hacerlo.

René se suma a la lista de personas que han estado ahí en los momentos difíciles de mi vida. Cuando mi papá murió, estaba yo empezando el diplomado en la Escuela de Escritores de Sogem y fueron Teodoro Villegas y Jaime Casillas (q.e.p.d.) quienes me impulsaron a no darme por vencido. Gracias a ellos, a los libros y al ejercicio constante de la escritura, no me volví loco.

Otro ha sido Bernando Ruiz, mi maestro de novela en la Sogem. Gracias a su tenacidad y crítica objetiva pude terminar lo que es mi primera novela, publicada por Ala de Avispa Editores: Viajeros en el umbral. Por supuesto que no deseo omitir a todas y cada una de las personas que me han impulsado con mi desarrollo literario, ni siquiera a una exnovia, quien fue la que hizo posible que terminara Viajeros… ya que ella guardaba el único borrador que yo no había tirado a la basura.

Pues sí, ahí ha estado René, presente conmigo: como mi maestro y mi amigo, como una figura paterna de la literatura. “No hay inspiración, sólo existe el trabajo”, me escribió hace poco, “la necedad de ser escritor… ser, en suma, adicto a la literatura”.

He leído algunos libros de René Avilés Fabila, no todos, no quiero agotar el gusto por leerlo y releerlo de vez en cuando y descubrir cosas nuevas, fabulosas, momentos en la historia de nuestro país, de nuestra imaginación, del curso y el futuro de las letras en México.

Admiro a René porque tiene agallas para decir las cosas. Cuando escribe nombra a cada objeto con la palabra adecuada, no hay nada en su literatura que pretenda ser una forma disfrazada de contar los hechos. René dice las cosas como son y eso lo hace congruente consigo mismo; eso lo hace una persona sincera y comprometida con su entorno y consigo mismo.

No quiero que el tiempo me gane la partida por no decir las cosas. La vida me ha dado sorpresas desagradables en ese rubro. Estimo a René, como se le estima al padre o al amigo incondicional. Hoy, que René vive entre nosotros, quiero hacer pública mi gratitud hacia él, hacia Rosario su esposa, hacia la Fundación que lleva su nombre, al Museo del Escritor y a la revista El Búho. Gracias por existir, René, por contribuir a que los jóvenes no perdamos la fe en nosotros mismos, a que escojamos romper las barreras y nos dediquemos a lo que amamos sin importar a quién le interese o a quién no.

Que el sol brille en tu cosecha, hoy y siempre.