René Avilés Fabila: búsqueda de lo eterno

Publicado en Quehacer político,
número 2, 10 de noviembre de 2014

El pasado 1° de octubre, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el escritor mexicano René Avilés Fabila recibió la Medalla Bellas Artes 2014 como reconocimiento a su trayectoria literaria, “un reconocimiento que el INBA otorga a aquéllos que, con su obra, contribuyen al engrandecimiento de México”, afirmó Rafael Tovar, presidente de Conaculta.

Durante su intervención, René Avilés Fabila hizo un recorrido de sus actividades en este recinto al que él llama su casa, y agradeció al INBA y a todos los involucrados con esta “catedral de la cultura”.

Su trabajo, como escritor y periodista, ha sido pieza clave en el análisis social y político de nuestro país. Su obra es extensa y atrevida; busca polemizar, inquietar, descubrir y desentrañar. Es honesta porque dice las cosas como el autor las piensa, sin disfraces ni máscaras.

Por ejemplo, su primera obra, Los juegos, es una fuerte crítica a los círculos literarios a los que se les considera como mafias. Los que controlan las letras, a los que no se puede entrar sino es siguiendo sus lineamientos o debiendo favores.

Desde aquel entonces, René se dio a conocer como un autor que sabe emplear el sarcasmo para ilustrar los temas que son de su interés y preocupación. Está por ejemplo El gran solitario de palacio, donde señala y ridiculiza a ese gran patriarca sentado en el trono del poder; el hombre que cambia de piel y de color, pero que en esencia es el mismo siempre. Toma como base la matanza de Tlatelolco y retrata las vidas silenciadas por balas y castigos atroces de las autoridades a los estudiantes, vistos desde los ojos de personajes complejos pero bien construidos. Porque uno de los aspectos a resaltar en una obra literaria es la creación de personajes que por lo que dicen, y sobre todo por lo que callan, uno puede sentirlos vivos y cercanos; reales dentro de la ficción en donde habitan.

René Avilés Fabila tiene corazón comunista, pero también se ha atrevido a atacar al partido, del cual, ha sido expulsado en diversas ocasiones. Se ríe de la experiencia en Memorias de un comunista (Manuscrito encontrado en un basurero de Perisur); al respecto, durante la premiación en Bellas Artes, René contó que en una ocasión, llevó a algunos compañeros a su casa y lo reprimieron con dedo acusador. “Ésta no parece ser la casa de un obrero comunista”. “Bueno”, replicó el escritor, “mi madre me dijo que fuera comunista, no imbécil”.

René logra combinar la realidad de un personaje con la de todo un pueblo. En El reino vencido, por ejemplo, Emilio Medina nos introduce a todos aquellos que vivieron con él en Ciudad Jardín, muchos de ellos desmoronados por las manos del tiempo. Su alegoría sustenta y exalta, no sólo la caída de un lugar que fungió como imperio de una generación, sino que la lleva a un paralelismo con la caída del Imperio Mexica y combina ambos escenarios por aquello que los une: la intromisión de extraños que destruyen y corrompen un lugar ideal reducido a las tinieblas y al olvido. Logra retratar con esta obra la nostalgia por un tiempo anterior, sino mejor, sí embelesado por los recuerdos del individuo, que al final, es uno y todos a la vez.

Pero la obra de René no sólo muestra y satiriza la realidad política y social de nuestro país. Su trabajo descansa también en los brazos del amor, de la libertad y de la fantasía. Su novela Réquiem por un suicida es un ensayo que a primera instancia incita el derecho a decidir el momento en que un sujeto puede terminar su propia existencia. Pero en una reflexión profunda, se trata de la libertad de cada sujeto para decidir sobre sus propios actos y consecuencias, magnificados en la muerte, a la que pareciera que le tenemos miedo, incluso de nombrarla siquiera.

René ha destacado como un cuentista que cultiva la sucesión de hechos, rescata mitos y concentra universos en minificciones y relatos cortos, muy cortos, que llevan al lector por una vorágine de imágenes y sensaciones.

Es valiente al rescatar un género olvidado como es el de los bestiarios. Sus libros como Los animales prodigiosos, De sirenas a sirenas o El bosque de los prodigios nos recuerdan la incursión que otros como él o Borges, por ejemplo, han hecho al intentar inmortalizar a estas creaturas que acompañan al hombre al borde siempre de lo onírico y lo real.

René afirma que este género se debe cultivar entre las nuevas generaciones. Y no es para menos. Los animales de ese otro mundo siempre están en el umbral de la mente, pero les hemos dado la espalda. La imaginación y la fantasía, lejos de llevarnos a un lugar aparte de nuestra realidad, nos acerca más a la esencia humana, a la búsqueda por la trascendencia y lo infinito. Porque ahí radica la importancia de la obra de René. Su búsqueda es la de su generación, pero también la de los jóvenes, a quienes impulsa y escucha, aprende de ellos y juntos construyen y recrean la realidad. Prueba de ello es su amor por la docencia, donde ha destacado también en importantes instituciones como la UNAM y la UAM.

La búsqueda de René es la de todos nosotros. Trasciende, perdura y queda grabada en las olas del tiempo; ahí, donde el espíritu humano alcanza la eternidad.