El muelle

Hay un silencio que se comparte en los velatorios: el silencio terrible del adiós, del no saber qué ha pasado o cómo se ha paralizado la vida. Porque cuando alguien se va, se crea un paréntesis en el tiempo. Entre una capilla y otra, no se sabe lo que sucede, pero sí la pena que se comparte. Te das las buenas tardes con algún desconocido e intentas sonreír. Los ojos tristes se entienden, no hace falta decir nada.

Después de enterarme del abrupto deceso del querido maestro René Avilés Fabila, estuve capturado por la incomprensión, el no lo creo, el despertar de los ausentes en la memoria, el abismo del nunca más. Y fue hasta que lo vi recostado sobre el féretro que entendí que ya no más.

Sin reprimirme, dejé que se me salieran las lágrimas y preferí voltear el rostro hacia las flores blancas que comenzaban a rodear el ataúd. No quería, no quiero recordarlo así; pues aunque nos vimos pocas veces, René Avilés Fabila, desde que nos conocimos, me alentó siempre a escribir. “Me gusta tu trabajo”, me dijo en varias ocasiones.

Y yo con mis promesas idiotas sobre dejar de escribir. No puedo. ¿Quién dijo que escribir era lindo? Escribir es una locura, es arrojarse a un precipicio de emociones y recovecos que conducen a la noche más íntima del ser humano. ¡Y es tan hermosa la caricia de la oscuridad!

Escribir es como una droga. Quieres dejarla pero necesitas más, cada vez más. Es una droga que no mata. Si tienes algo de suerte, pasas a la historia. Si no, algunos a tu alrededor, a través de tu obra, podrán volverse inmortales. Y eso es lo que cuenta.

Hay tanto que decir de René, de los amigos, de las inconformidades del mundo, de los asombros, de la vida misma. Todo el día me resonaban las palabras de René en mi cabeza: “No dejes de escribir, no lo dejes”.

Y lo malo es que te comprometen. Tienes la sensación de que no le puedes fallar a alguien que ha creído en ti; y, al final, sabes que no te puedes fallar a ti mismo.

Fue grato, a pesar de las circunstancias, encontrar a algunos maestros que contribuyeron a mi formación literaria: María Eugenia Merino, Teodoro Villegas, Héctor Anaya, Luis Chumacero, Bernardo Ruíz; a todos los recuerdo gratamente, y se los dije anoche. No quiero quedarme con nada.

Fue una delicia volver a hablar con María Eugenia sobre la obra de Carson McCullers, de Wilde, de Stendhal, de Emily Brontë, y confesarnos imposibilitados para entrar al trabajo de Virginia Woolf. Grato conocer gente nueva, a la que te sentías como cercano por la pena que nos unía. Porque esa era una de las virtudes de René: unir a la gente, a los amigos. Y seguir. Siempre seguir. Y yo siempre le estaré agradecido por haber creído en mi trabajo.

Roto, pues, mi espasmo: tengo que escribir. Tengo mucho que decir, y es que mucho me he callado: por no generar conflictos, por cuidar la imagen, por ser agradable, por esto, por lotro; por pendejadas, al fin.

Así que estaré republicando algunos textos que le escribí a René, cosas de antaño, artículos sobre los libros de algunos buenos amigos y maestros, otros temas, y, claro, cosas nuevas. ¿Para qué me los quedo? El mundo los inspiró y a él, igual que a mí, le pertenecen mis instantes.

El legado de los grandes hombres, como René, te empuja a seguir. A que lo mucho que dejó en ti se vuelva el impulso para seguir creando, nadar contracorriente, y disfrutar el camino.

La vida es hermosa vista desde el muelle, y nadar en ella, con sus creaturas, nos acerca a la eternidad.