Luis Fernando Escalona


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América Latina

Uno busca su lugar en el mundo. Desde que nacemos, nos abrimos paso a través de la tierra; porque somos raíces que requieren fincarse en un sitio; raíces que necesitan permanecer y tener un sentido de pertenencia. Esa búsqueda forma parte de la naturaleza del individuo. Pero también es un mundo abriéndose paso a través del tiempo, de la sangre y del dolor. Y es que gestarse es doloroso y más cuando se habla de un pueblo, de varios pueblos unidos por una misma raíz, una sola búsqueda, a veces sin brújula: su identidad.

América Latina es el resultado social de años de lucha, de masacre, de costumbres destruidas por la mano de la infamia y la ambición. Una raíz que muchos desprecian pero que vive en nosotros. Somos el resultado de un mundo conquistado y subyugado, destruido y sin rostro; no porque no lo tuviera, sino que lo robaron, lo aniquilaron, lo despojaron de toda vestimenta y de nombre. Pero vive en nosotros, no lo podemos negar. Y es que esta tierra sabe más de nosotros; pero nosotros seguimos escudriñando entre los muertos, en la Historia, porque nuestra naturaleza nos empuja a encontrarnos y a pertenecer.

Desde la Conquista, los habitantes del continente americano se vieron forzados a subordinar su esencia a la imposición de ideas, de religión y de costumbres, entre otras cosas. Todas aquellas cosas escritas, dibujadas, representadas en muros y símbolos fueron reducidas a cenizas; salvo por aquellos que escribían y rescataban el modo de vida de los pueblos. Quizá no con un fin de preservarlo, sino de documentar a la Madre España lo que había de este lado, así como las maravillas que no se habían visto y el terrible infierno que, para el ojo del conquistador, tenía que destruir.

Las cartas y crónicas dieron a este pueblo, a esta raíz, lo que se busca a través de la literatura: la inmortalidad. A veces la propia. Pero en la mayoría de los casos, la del mundo que nos rodea con todo y sus presencias; sobre todo sus presencias.

Sin embargo, el espíritu se rebela. Tarde o temprano, despierta un aullido iracundo que lucha por liberarse. Empieza con ello a gestarse pero sin rumbo, más bien por una necesidad de ser. Y si pasa en el individuo pasa en los pueblos. Tal manifestación puede verse y compararse fugazmente en la creación literaria de Europa y de nuevo mundo que abría sus raíces en esta tierra..

Por su parte, la literatura europea habla de la violencia afuera; desde sus ojos, la violencia está en los otros, nunca en ella. La muestra y la crítica, tratando de exaltar todas aquellas cosas que se congreguen en una contraparte, para hacerle frente y humillarla. No así en el corazón de la literatura latinoamericana, que acepta y reafirma su violencia desde adentro. Quizá sea ésta una de las características más notorias del latino: es violento, se duele pero ama a su pueblo, lo defiende y lo exalta: busca su perpetuidad. El latino ama a su hermano pero también lo odia; porque la desgracia de éste es también la suya.

Irónico es que el nombre de América Latina haya surgido por una cuestión diferente a lo que es el día de hoy. Fue el francés Chevalier que hizo una distinción en el continente americano: los que vivían en el norte, es decir la raza germana, incluidos los anglosajones; y los que vivían en el sur, la raza latina. Por latino, Chevalier se refiere a los habitantes de una porción geográfica determinada del continente: el sur. Mónica Quijada afirma que dicha porción abarca desde Chile y Argentina, hasta la frontera del río Bravo en México. Y es precisamente en esa zona donde el término se transforma y le da la base para fincar su identidad. Su nombre: América Latina.

Es por ello que la literatura creada en Latinoamérica tiene un asunto de identidad y violencia, que serán los pilares para construirse a sí misma, a través de sus pueblos.

En esa búsqueda, Latinoamérica rompe con Europa y comienza a indagar en sus propias inquietudes, al menos en lo que al arte se refiere. La literatura, por ejemplo, intenta responder a sus intereses y contextos. Esto incrementa la brecha y separa su camino por completo de la antigua reina que caminó por sus valles y montes. Ahora, es Latinoamérica la que anda por sus tierras, la que se reconoce en los ojos del otro, la que sufre con el otro.

En cada pueblo y sus costumbres, la manifestación de esa búsqueda por la identidad se adapta al contexto, pero al fin es la misma. Se percibe como un todo; primero con varias voces a nivel regional; después una sola que es la de Latinoamérica. La que dice “¡basta!”. La que está cansada de los ríos de sangre, de llorar adioses, la que está dispuesta a violentarse a sí misma, a su hermano y a su sangre, para ser.

Latinoamérica habla por sí misma, como en la canción de Calle 13: “Soy toda la sobra de lo que se robaron… Soy América Latina… Un pueblo sin piernas, pero que camina”. Es a partir de estos vestigios que Latinoamérica es y representa la búsqueda de todos sus pueblos por la identidad; es un grito de furia que no termina de gestarse. Porque no hay brújula ni dirección, pero sí voces que la exaltan, que la hacen vivir y permanecer. Es en ella donde nos buscamos, es a ella a quien pertenecemos. Sus habitantes la hacen perdurable.